Estoy en la azotea de uno de los rascacielos de Madrid,
posando para una sesión de fotos para la próxima temporada de verano, junto a Arantxa,
Laura e Isma también modelos, y peluqueros, maquilladores, estilistas,
fotógrafo, iluminadores y demás gente del equipo.
- Jorge: ¡Vale chicas! ¡Buen trabajo! – Dice mientras da
unas palmadas – Esto ha sido todo por hoy. Nos vemos mañana para acabar el
reportaje. Y Lo, en cuanto tengas un hueco, acércate por la oficina, Mario
tiene que hablar contigo, ¿sí? Isma, quédate dos minutos más y repetimos el
anterior.
- Loaira: Vale, gracias Jorge, esta misma tarde me paso. –
Digo, alejándome junto a mis compañeras, que ya están cotilleando camino de la
planta donde habían establecido los camerinos para poder cambiarnos e irnos.
- Ara: Lo, esta tarde habíamos quedado para la fiesta. ¡Se
va a liar una buena, no puedes faltar! ¿No puedes ir mañana a junto Mario?
- Loaira: Sabes que no, el jefe es el jefe, si tiene que
hablar conmigo cuanto antes mejor, que ya lo conoces y si no le hacemos caso se
pone histérico
- Laura: ¡Ay mujer! Con lo divertido que es cuando se vuelve
loco para poder encontrarnos… - Ríe
- Ara: ¿Cómo puedes ser tan responsable? Diviértete, eres
joven, con un cuerpazo y tienes la oportunidad de conocer gente que en la vida
hubieses soñado, ¡aprovéchalo!
- Loaira: Siempre igual chicas, no sé cómo lo hacéis para ir
de fiesta en fiesta… En fin, prometo que al salir de la oficina me cambio y voy
directa para allí – Digo por dejar el tema de una vez
Arantxa y Laura son dos de las chicas de la agencia para la
que trabajo, lo más cercano que tengo a unas amigas en la profesión, pese a que
somos polos totalmente opuestos. Desde el principio han intentado evitar que
fuese “la novata” presentándome gente e incluyéndome en las listas de invitados
de fiestas a las que yo no tenía gana alguna de asistir, insistiéndome en que
era importante para mi vida social... Pero ese es su mundo, apenas he conocido
a nadie que valiese la pena más allá de su fama o su físico en esas fiestas.
Una vez preparadas nos despedimos, y yo me pongo a caminar
en dirección a mi piso. Por el camino paro a comprar alguna cosa que me hace
falta para la comida, sin prestar demasiada atención: llevo los auriculares
puestos y la música para mí es un anestésico, puede acabarse el mundo que me da
igual. Me los quito cuando me acerco a pagar a la caja, y solo entonces oigo el
hilo musical: Pablo Alborán. En mi cabeza empiezo a recordar el último
concierto suyo al que he asistido, en Zaragoza. Aquella noche, como cada vez
que lo veo en directo, como cada vez que hago mías sus letras, no pude evitar
llorar durante la mayor parte del concierto. Sin poder evitarlo una sonrisa sin
motivo se dibuja en mis labios. Bajo la cabeza y cierro los ojos durante un
segundo, respiro y atiendo a la chica que me dice lo que tengo que pagar. Cojo
las bolsas y sigo andando hasta llegar a casa.
Al llegar lo primero que hago como cada día, es coger el
ordenador para poner música en modo aleatorio. No soporto estar en silencio, me
hace sentir sola, por lo que siempre tengo música sonando. Ya sea para que
suene de fondo o para cantar a voz en grito por toda la casa.
Después de comer, una ducha rápida, y una vez decidida la
ropa para la fiesta, me voy para la oficina de Mario. Al llegar la secretaria
me dice que está reunido, que en cuanto termine le avisa de que estoy allí, y
así es. A los 10 minutos me hace pasar a su despacho, y tomo asiento enfrente
de él, al otro lado de la mesa, mientras espero a que me diga para qué estoy
allí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario