lunes, 12 de enero de 2015

Capítulo 1

Estoy en la azotea de uno de los rascacielos de Madrid, posando para una sesión de fotos para la próxima temporada de verano, junto a Arantxa, Laura e Isma también modelos, y peluqueros, maquilladores, estilistas, fotógrafo, iluminadores y demás gente del equipo.

- Jorge: ¡Vale chicas! ¡Buen trabajo! – Dice mientras da unas palmadas – Esto ha sido todo por hoy. Nos vemos mañana para acabar el reportaje. Y Lo, en cuanto tengas un hueco, acércate por la oficina, Mario tiene que hablar contigo, ¿sí? Isma, quédate dos minutos más y repetimos el anterior.

- Loaira: Vale, gracias Jorge, esta misma tarde me paso. – Digo, alejándome junto a mis compañeras, que ya están cotilleando camino de la planta donde habían establecido los camerinos para poder cambiarnos e irnos.

- Ara: Lo, esta tarde habíamos quedado para la fiesta. ¡Se va a liar una buena, no puedes faltar! ¿No puedes ir mañana a junto Mario?

- Loaira: Sabes que no, el jefe es el jefe, si tiene que hablar conmigo cuanto antes mejor, que ya lo conoces y si no le hacemos caso se pone histérico

- Laura: ¡Ay mujer! Con lo divertido que es cuando se vuelve loco para poder encontrarnos… - Ríe

- Ara: ¿Cómo puedes ser tan responsable? Diviértete, eres joven, con un cuerpazo y tienes la oportunidad de conocer gente que en la vida hubieses soñado, ¡aprovéchalo!

- Loaira: Siempre igual chicas, no sé cómo lo hacéis para ir de fiesta en fiesta… En fin, prometo que al salir de la oficina me cambio y voy directa para allí – Digo por dejar el tema de una vez

Arantxa y Laura son dos de las chicas de la agencia para la que trabajo, lo más cercano que tengo a unas amigas en la profesión, pese a que somos polos totalmente opuestos. Desde el principio han intentado evitar que fuese “la novata” presentándome gente e incluyéndome en las listas de invitados de fiestas a las que yo no tenía gana alguna de asistir, insistiéndome en que era importante para mi vida social... Pero ese es su mundo, apenas he conocido a nadie que valiese la pena más allá de su fama o su físico en esas fiestas.

Una vez preparadas nos despedimos, y yo me pongo a caminar en dirección a mi piso. Por el camino paro a comprar alguna cosa que me hace falta para la comida, sin prestar demasiada atención: llevo los auriculares puestos y la música para mí es un anestésico, puede acabarse el mundo que me da igual. Me los quito cuando me acerco a pagar a la caja, y solo entonces oigo el hilo musical: Pablo Alborán. En mi cabeza empiezo a recordar el último concierto suyo al que he asistido, en Zaragoza. Aquella noche, como cada vez que lo veo en directo, como cada vez que hago mías sus letras, no pude evitar llorar durante la mayor parte del concierto. Sin poder evitarlo una sonrisa sin motivo se dibuja en mis labios. Bajo la cabeza y cierro los ojos durante un segundo, respiro y atiendo a la chica que me dice lo que tengo que pagar. Cojo las bolsas y sigo andando hasta llegar a casa.

Al llegar lo primero que hago como cada día, es coger el ordenador para poner música en modo aleatorio. No soporto estar en silencio, me hace sentir sola, por lo que siempre tengo música sonando. Ya sea para que suene de fondo o para cantar a voz en grito por toda la casa.


Después de comer, una ducha rápida, y una vez decidida la ropa para la fiesta, me voy para la oficina de Mario. Al llegar la secretaria me dice que está reunido, que en cuanto termine le avisa de que estoy allí, y así es. A los 10 minutos me hace pasar a su despacho, y tomo asiento enfrente de él, al otro lado de la mesa, mientras espero a que me diga para qué estoy allí.

jueves, 8 de enero de 2015

Presentación

Me presento: Soy Loaira, una chica de 23 años de un pueblecillo de Galicia, que vino a perderse y probar suerte en el universo madrileño. ¿A probar suerte de qué? Al principio mi idea era quedarme con mi prima, que estaba embarazada y con el padre de la criatura a unos cuantos miles de kilómetros por trabajo. Tenía pensado quedarme solo tres meses: el último del embarazo y los dos primeros del niño, para echarle una mano mientras no pudiese venir el padre. Coger un trabajo de camarera, de dependienta, de cajera, o… bueno, lo primero que se presentase, para pagar mis gastos y ayudar a mi prima a pagar el piso mientas estuviese con ella.

A los pocos días de llegar a Madrid, caminando por un centro comercial, vi que estaban haciendo una especie de casting para nuevas modelos. Soy alta y delgada y, aunque nunca me he considerado guapa, tengo los ojos de un azul intenso, ¡y con el maquillaje se consigue el resto! Así que allá me fui.
Ahí estaba yo, tomándomelo un poco a broma, rodeada de unas chicas a las que parecía que se les iba la vida en ello. Sin saber cómo posar, o qué hacer con las manos, vestida con vaqueros, camiseta y zapatillas: el glamour personificado, vaya. Nos hicieron caminar por una pasarela y después nos sacaron unas cuantas fotos mientras nos daban algunas indicaciones. Estaba segura de que me iban a mandar a paseo en cuanto me vieran, y lo mejor era que no me iba a importar lo más mínimo. Por eso, cuando dijeron mi nombre entre las cinco chicas que habían seleccionado para la compañía, mientras las otras cuatro casi lloraban de la emoción, yo me sentí culpable de robarle el sitio a alguna chica que habían soñado con esto, cuando para mí era poco más que un juego.
Aún a día de hoy me pregunto qué cortocircuito se produjo en mi cabeza para ir a anotarme al casting: soy muy tímida, y lo de ser el centro de atención no es algo que vaya para nada conmigo. Supongo que pensé que era algo que solo podría pasar mientras estuviese en Madrid, no tenía nada que perder, y si no salía bien en tres meses estaría de vuelta en tierras gallegas y todo quedaría en una anécdota divertida para cenas familiares.


Pero de esto han pasado ya más de dos años y medio, y aquí sigo, en Madrid, probando suerte. He aprendido a desfilar y a posar, he hecho campañas de marcas más y menos conocidas, he aparecido en algún que otro anuncio y poco a poco han conseguido que en este mundillo asocien mi nombre a mi cara. He viajado por España más de lo que lo podría haber hecho en toda mi vida de cualquier otra forma, y por suerte toda mi repercusión se reduce a las pasarelas. No soy famosa, ni lo pretendo, pero todo esto me gusta más de lo que había imaginado, y mientras pueda seguiré trabajando en lo que me propongan.
A parte de todo esto he seguido estudiando estos dos años, haciendo cursos de diseño y arquitectura, de idiomas, y cualquier otro que me pareciera interesante. Siempre he necesitado tener la mente ocupada, soy lo que se llama un culo de mal asiento